Luis Carrasco Director Programa de Gestión del Riesgo UTEM
En un país sísmico como Chile, la diferencia entre el desconcierto y la acción puede medirse en segundos. La reciente activación del sistema de alerta sísmica integrado en teléfonos Android difundida por medios nacionales volvió a instalar una pregunta clave: ¿Qué hacer cuando el teléfono vibra antes de que la tierra se mueva?
/image%2F1393935%2F20260213%2Fob_7dc52f_645809653f9a9762d602ea3d.jpg)
Algunos usuarios recibieron la notificación incluso antes de percibir el movimiento. Otros, durante. Algunos, simplemente, no la recibieron. Se trata de un sistema automático desarrollado por Google que utiliza los acelerómetros de los propios teléfonos como sensores sísmicos. Cuando múltiples dispositivos detectan las primeras ondas P, las más rápidas y menos destructivas envían información anónima a servidores que, al confirmar el patrón, emiten una alerta anticipada a otros usuarios.
No es un sistema gubernamental, sino una herramienta tecnológica complementaria. En paralelo, el Centro Sismológico Nacional y el Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (SENAPRED) avanzan en su propio sistema de alerta temprana, aún en fase beta. La tecnología, por tanto, está evolucionando. Pero la pregunta de fondo no es tecnológica: es conductual.
¿Qué se hace con 30 segundos?
Treinta segundos pueden parecer insignificantes en la vida cotidiana. Sin embargo, en gestión de emergencias, constituye una oportunidad. No permiten evacuar un edificio completo ni cambiar el curso del evento, pero sí es suficiente para acciones básicas, que evitan daños y salvan vidas.
En ese breve lapso es posible:
- Avisar a los integrantes de la familia.
- Alertar a quienes están durmiendo.
- Asistir a personas mayores, con movilidad reducida o en situación de dependencia.
- Cortar el suministro de gas.
- Desconectar la electricidad.
- Cerrar llaves de agua.
- Apagar estufas, cocinas o herramientas en funcionamiento.
- Activar el plan familiar previamente acordado.
- Ubicarse en una zona segura dentro del inmueble.
Estas acciones no son improvisadas: deben ser parte de un protocolo conversado y entrenado. La alerta no reemplaza la preparación; la activa.
Desde la perspectiva de la gestión del riesgo, estos segundos representan un ejemplo claro del concepto de anticipación adaptativa. No se trata de evitar el fenómeno natural, lo cual es imposible sino se reduce la exposición y la vulnerabilidad. La tecnología ofrece información temprana; la resiliencia depende de la conducta humana.
En escenarios de emergencia, el mayor enemigo suele ser el desconcierto. La sorpresa paraliza. Por eso, los sistemas de alerta temprana cumplen una función psicológica adicional: disminuyen la incertidumbre inicial. Cuando el teléfono vibra y anuncia un posible sismo, el cerebro dispone de un margen mínimo para cambiar del modo cotidiano al modo emergencia.
La ventana de 30 segundos debe entenderse como un disparador de acciones estructuradas. En el ámbito doméstico, esto implica tener claras tres definiciones básicas:
- ¿Quién corta el gas?
- ¿Quién asiste a los niños o adultos mayores?
- ¿Dónde se ubica cada integrante durante el movimiento?
Este tipo de planificación reduce la improvisación y fortalece la capacidad de respuesta.
En definitiva, esos 30 segundos no son una solución mágica, pero sí una ventaja estratégica. Son la diferencia entre apagar una cocina encendida o enfrentar un incendio posterior. Entre ayudar a una persona con movilidad reducida o dejarla expuesta. Entre reaccionar en pánico o actuar con método.
En gestión del riesgo, la anticipación es poder. Y en un país como Chile, donde la tierra recuerda periódicamente su dinámica, cada segundo ganado puede traducirse en menos daño, menos pérdidas.
La tecnología promete segundos de ventaja. La responsabilidad transformarlos en decisiones correctas.
/image%2F1393935%2F20260212%2Fob_223cba_descarga.jpg)