Luis Carrasco Garrido
Académico, Universidad Tecnológica Metropolitana (UTEM)
Director del Programa de Gestión del Riesgo y Cambio Climático
Comprender el fuego: la racionalidad de la prevención
El fuego, lejos de ser un fenómeno imprevisible, responde a leyes físicas claras y a patrones de comportamiento que pueden comprenderse racionalmente. Sin embargo, la mayoría de los incendios se transforman en tragedias no por la fuerza del fuego, sino por el desconocimiento y la falta de preparación humana. Cada año, cientos de personas mueren en incendios domésticos o laborales que pudieron evitarse con una acción preventiva oportuna. La primera lección racional del fuego es que no da tiempo: entre dos y cinco minutos bastan para que una vivienda se queme completamente. El calor, el humo y los gases tóxicos avanzan más rápido de lo que la mente humana alcanza a procesar, por lo tanto la gente muere por intoxicación o asfixia antes de morir quemados. Por ello, la prevención no se improvisa; es fundamental el diseño, el conocimiento y el entrenamiento.
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El fuego como fenómeno físico y humano
Un incendio se inicia generalmente por causas antrópicas, errores humanos en diversos escenarios, eléctricos, laborales, las colillas de cigarro, descuido con velas, sobrecalentamiento de artefactos, niños jugando con fuego y se desarrolla bajo condiciones físicas previsibles: calor, combustible, oxígeno y reacción en cadena (retroalimentación del fuego). Comprender estos elementos no es solo un acto técnico; es un ejercicio ético. El fuego no distingue entre lo doméstico y lo industrial: una decisión mal tomada o un equipo mal mantenido puede desencadenar una emergencia con consecuencias irreversibles. Por eso, la racionalidad en la prevención implica conocimiento y responsabilidad humana. Saber cómo se comporta el fuego permite actuar antes de que el fenómeno se vuelva incontrolable.
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El valor de los extintores: la primera barrera contra la catástrofe
Muchos incendios alcanzan niveles destructivos simplemente porque no existen elementos básicos de extinción. La ausencia de extintores operativos, accesibles, visibles, libres de obstáculos y en buen estado es una de las mayores carencias tanto en hogares como en pequeños comercios y oficinas. Un extintor no es un accesorio decorativo: es un instrumento de primera respuesta que puede marcar la diferencia entre un conato y una tragedia. Para que cumpla su función, se deben cumplir tres condiciones esenciales: existencia y ubicación (uno al menos, por cada 150 m², visible accesible, sin obstáculos, señalizado), mantención (revisión anual de presión, carga y ubicación) y capacitación (¿Cuántos lo saben operar?). Los operadores deben saber cómo usarlo, sin temor ni duda, porque en un incendio los segundos hacen la diferencia. El conocimiento de los tipos de extintores (agua, CO₂, polvo químico seco, espuma o agentes especiales) y su correcta aplicación según el tipo de fuego es parte fundamental de la cultura preventiva. No hay tecnología que sustituya la acción humana informada. Un extintor abandonado, descargado, despresurizado o desconocido es equivalente a no tenerlo.
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Detectores de humo y de monóxido de carbono: guardianes silenciosos
Otra causa frecuente de muerte en incendios es la inhalación de humo y gases, especialmente el monóxido de carbono (CO), un gas invisible, inodoro y letal. Durante el sueño, las víctimas no perciben el humo ni el CO; ambos adormecen antes de matar. La única defensa eficaz es la detección temprana mediante detectores de incendio y monóxido de carbono. Estos dispositivos simples, económicos y de instalación rápida tienen una utilidad inmensa: detectan el humo antes de que el fuego sea visible, alertan con suficiente tiempo para evacuar y actuar, y pueden conectarse entre sí o al sistema eléctrico, asegurando cobertura total. Cada hogar o edificio debe contar con un detector por piso y en cada zona de descanso o dormitorio, especialmente si las puertas permanecen cerradas al dormir. Un detector de CO, por su parte, es vital en viviendas con calefacción a gas, estufas, cocinas o garajes. Su alarma sonora puede ser la frontera entre la vida y la muerte. Las estadísticas demuestran que las casas con detectores activos tienen un 50% menos de víctimas fatales en incendios. Prevenir cuesta menos que reconstruir o lamentar.
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La conducta humana como variable decisiva
La tecnología salva vidas solo cuando se combina con la conducta adecuada. Conocer el riesgo no basta; hay que modificar hábitos. Cerrar puertas al salir de una habitación en llamas, no usar ascensores, gatear bajo el humo y evacuar antes de intentar rescatar objetos son conductas que se aprenden y se interiorizan. La prevención se convierte entonces en un acto de cultura y disciplina. Un detector sin batería, un extintor fuera de norma o una persona que no sabe qué hacer representan vulnerabilidades humanas, no tecnológicas.
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Conocimiento, acción y decisión
El fuego se combate primero en la mente. El conocimiento de los fenómenos naturales (física del fuego), la corrección de las conductas antrópicas (errores humanos) y la protección de las estructuras (entornos construidos de forma adecuada) conforman una trilogía de prevención racional. Tener un extintor operativo y saber usarlo, instalar detectores de humo y monóxido de carbono, educar y entrenar en planes de evacuación no son medidas opcionales: son responsabilidades ciudadanas y éticas. Prevenir un incendio es una decisión informada. Comprender el fuego es respetar la vida. La prevención es el acto más racional del ser humano ante el riesgo.
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