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Académico, Universidad Tecnológica Metropolitana (UTEM)
Director Programa Gestión del Riesgo y Cambio Climático (UTEM)
La gestión del riesgo de desastres no puede limitarse a técnicas, modelos o planes de contingencia. Es, ante todo, un ejercicio ético y político sobre cómo entendemos la vida en común, la vida en familia, la vulnerabilidad y la responsabilidad colectiva frente al peligro. En ese sentido, la incorporación del enfoque de género en este campo no es una concesión a la moda ni una exigencia burocrática, sino una transformación profunda en la forma de mirar el riesgo y, sobre todo, en la forma de mirar al otro. “Es el momento de comprender cómo miraba mamá”.
Hablar de género en la gestión del riesgo es hablar de derechos humanos, de igualdad sustantiva y de dignidad. La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y la Convención para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW, 1979) establecen que toda persona tiene derecho a la seguridad, la participación y la protección sin distinción alguna. Sin embargo, cuando los desastres ocurren, esas garantías no siempre se cumplen: las brechas sociales y culturales se amplifican, y las mujeres —especialmente las más pobres o rurales— suelen cargar con el peso silencioso de la respuesta y la recuperación, sin haber tenido la preparación ni los medios adecuados para enfrentar la emergencia. “Mamá no tenía zapatos de seguridad, pero estaba en labores tremendamente arriesgadas; no tenía casco ni gafas de seguridad, pero ella era la líder e iba al frente”.
Los datos lo confirman: los desastres no son neutrales al género. Mientras la preparación y la planificación tienden a recaer en los hombres, la respuesta cotidiana —cuidar, alimentar, proteger— recae en las mujeres. En las emergencias, son ellas quienes buscan refugio, atienden a los niños, acompañan a los enfermos o reconstruyen el tejido social desde los espacios invisibles de la vida doméstica. “Mi mamá compra, no para ella, compra para la casa; ella sale a buscar los materiales, va a la reunión de apoderados, es enfermera, cura la herida, entrega los remedios a la hora, cocina especial, limpia, va a la feria, conoce a los vecinos y mantiene las redes. Ella domina la casa y su entorno”.
Sin embargo, su papel rara vez es reconocido como liderazgo. Esta desigualdad no nace del azar, sino de una construcción histórica que asignó a los hombres el poder de la previsión y a las mujeres la obligación del cuidado. “Mamá tiene buenas ideas, lidera, ella es la Ministra del Interior”.
El desafío está en desnaturalizar esas jerarquías y reconocer que la vulnerabilidad no es una condición inherente, sino el resultado de estructuras sociales, económicas y simbólicas. La gestión del riesgo con enfoque de género debe, por tanto, mirar con altura, de forma integradora, “como la
Mamá: esa que permite ver lo que antes permanecía oculto”. Ponerse en la perspectiva de género es aprender a mirar la realidad con ojos más justos, a percibir que los desastres no golpean por igual, y que la equidad no se logra con discursos, sino con decisiones políticas concretas. “Mamá hecha un maestro, un gasfíter, un jardinero, teje, plancha, martilla, crea, estudia, me despierta, me critica, enseña matemáticas y me ayuda a juntar palos de helado para mis trabajos manuales”.
Pero hablar de género no significa hablar solo de mujeres. Significa hablar de relaciones, de interdependencias y de la necesidad de reconstruir la comunidad desde el reconocimiento mutuo. En los pueblos, en los barrios, en las zonas rurales, hombres y mujeres han desarrollado históricamente estrategias complementarias de sobrevivencia. Las mujeres conservan saberes ancestrales sobre el agua, la siembra o la protección del hogar; los hombres poseen experiencia en construcción, logística o rescate. El papel actual de las mujeres en la salud, la seguridad, en los cuerpos de bomberos, en carabineros y en cientos de otros roles demuestra un avance increíble e insustituible. Ambos aportes son necesarios. Una gestión del riesgo que excluya alguna de estas voces está condenada a la ineficiencia y a la injusticia.
La sabiduría local es también un espacio donde se manifiestan los derechos. Reconocerla implica valorar la cultura, la historia y los conocimientos comunitarios como recursos tan importantes como los mapas, los sensores o los planes estratégicos. En este sentido, la reducción del riesgo de desastres debe ser también un proceso de reconocimiento cultural, un diálogo entre la ciencia, la técnica y la memoria colectiva.
Transversalizar el enfoque de género significa abrir espacios reales de participación y liderazgo. “Espacios que mamá tenía ocultos y muchas veces no eran reconocidos”. No basta con que las mujeres estén presentes en las reuniones o figuren en los documentos. Deben participar en la definición de los escenarios de riesgo, en la elaboración de los planes comunales y en la toma de decisiones estratégicas. Cuando se promueve la equidad en la deliberación pública, las políticas se vuelven más sostenibles y legítimas porque están todos y todas. “Porque mamá es importante en la vida de la familia y de cada uno de sus integrantes”. No se trata de imponer cuotas, sino de construir una ética del cuidado compartido, donde la responsabilidad frente al riesgo sea asumida de manera corresponsable por hombres y mujeres. “Como lo fue siempre, pero mamá nunca fue reconocida en público”.
Desde la perspectiva de los derechos humanos, la vulnerabilidad no puede entenderse solo como una carencia material, sino también como una limitación simbólica: la falta de voz, de representación y de reconocimiento. Por ello, la inclusión de género en la gestión del riesgo es también un acto de justicia epistemológica: dar valor a los conocimientos, a las experiencias y a las emociones de quienes históricamente han sido marginados de los espacios de decisión. “Mamá tenía razón, pero no siempre fue escuchada…su indicación está presente por ausencia y por presencia”.
En definitiva, ponerse la perspectiva de género es un ejercicio de humanidad. Es mirar los desastres no solo como amenazas naturales, sino como el reflejo de nuestras propias desigualdades. Es comprender que la resiliencia no se construye solo con infraestructura o tecnología, sino con respeto, participación y empatía. En el fondo, se trata de reconocer la sabiduría, las capacidades y la dignidad de cada persona, sin prejuicios ni exclusiones. “Características que posee con creces mamá era la única que me escuchaba y era capaz de entregarme el consejo exacto, quien me miraba y sabía que pasaba…”.
La gestión del riesgo con enfoque de género no busca cambiar quién hace qué, sino cómo y para quién lo hacemos. Su propósito es que la prevención, la respuesta y la recuperación sean procesos justos, donde todos y todas tengan la posibilidad de proteger la vida y reconstruir el futuro. Solo cuando aprendamos a mirar con esa mirada —la de la igualdad, la empatía y la justicia— podremos decir que estamos verdaderamente preparados para enfrentar los desastres, y sobre todo, para evitarlos. “Eres Grande Mujer, Eres Grande Mamá”.
Nota: Este articulo ha sido inspirado en la exposición de Mariela Chavarriga, Gerente Subregión Cono Sur, Programa Regional Asistencia a Desastres Gobierno de los Estados Unidos, realizada en el Primer Foro Internacional en Emergencias y Desastres Reducción, Respuesta, Recuperación y Resiliencia oct. 2025. UBE Universidad Bolivariana del Ecuador.
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